domingo, 1 de agosto de 2010

Lucía

Lucía mira a la luna que antes parecía llena, pero el cielo se ha nublado con el avance de la madrugada y sólo se ve un tenue resplandor que pelea por brillar debajo de lo que parece la espuma blanca de un algodón de feria. No hace frío al lado del agua; el bochorno aumenta al acercarse a los árboles que la rodean.
Oye a lo lejos las palabras que parecen venir de ninguna parte, aunque quien las dice esté apoyado en ella. El vacío de escuchar lo que se supone que corresponde con la situación casi consigue que empiece a ser consciente de su propio cuerpo desde el abismo de la nada. Pero sonríe, y así conjura una situación que sólo llevaría a días de hastio. Por un momento, tiene que reprimir las ganas de romper la atmósfera que no ha llegado a cristalizar con palabras que muerdan esa niebla que parece que lo envuelve todo, a pesar de que aún no haya bajado del cielo estrellado y todo sea nítido; nítido y envuelto en sombras en las que puede esconderse sin desaparecer.
El haberlo sabido detalle a detalle antes de que pasara le hace adivinar un posible pasado imaginado que en cualquier caso se hizo real, y las líneas temporales que podrían haber sido o que son sin ella saberlo.
Le parece oir a lo lejos que no es momento ni día de hablar... qué le queda entonces, si Lucía está hecha de palabras, si lo que siente siempre va acompañado de millones de historias...
Intenta alargar la mano en la espesura blanca que empaña sus ojos y acariciar una realidad tangible, pero el silencio o los susurros estudiados le impiden rozar aunque toque.
Esta vez no vuela esta canción para tí, Lucía.