jueves, 8 de julio de 2010

Sebastián

Sebastián no sabe si es o cree ser. No se acuerda a veces de que está, y se sienta en un banco verde oxidado y casi sin pintura por las existencias que han hecho allí estación de penitencia a lo largo de los años. El pensamiento que le suele llevar a ese estado de ensimismamiento es el recuerdo de Los Mapas Etéreos, cúmulo de paises formado por las palabras.
Su cama es un impersonal somier más con un colchón en una habitación compartida con dos hombres. Un suicida frustrado y un demente senil. Cuando se levanta comprueban que se está duchando abriéndole la puerta del baño contínuamente, y en esa ruptura de su dignidad más íntima comienzan las huidas. Las primeras veces la ira se elevaba desde sus pies calentando y coloreando mejillas y cuero cabelludo. Pero en un sitio así no te puedes permitir el lujo de levantar la voz. Ni de coña. Cuando está "aseado" se arrastra hasta la sala común, negando por el camino a dos o tres colgaos un cigarro que no tiene. El desayuno siempre es un circo con un número nuevo recién llegado a la ciudad. Te pueden escupir el café, o las tostadas pueden volar por un aire que de repente se convierte en plastilina marrón, como la mierda con la que el de la 14 se embadurna.
A veces los doctores se dan una vuelta con sus impolutas batas, y suben medicaciones y hablan al populacho como si no hubieran llegado a la pubertad. A Sebastián le dejan bajar un ratito al patio. Y desconecta. Y no responde. Pero ve y mira asqueado de pertenecer a una raza arquetípicamente devoradora. De lo que sea, pero devoradora. Hace tiempo que dejó de tener energía para intentar levantarse del banco y andar hasta la puerta. Desde su ventana se ve un CajaSol. No ve más libertad en los que huyen hacia ese cajero loco que vomita papeles sucios con los que ir a las rebajas. Así que al día siguiente se sienta de nuevo en el banco (si está libre) diciendo a quién quiera oirle, y a los que huyen con miedo tambien, que todo es mentira.