martes, 13 de julio de 2010

Díselo a quien quiera oirlo.

No te lo calles más. Estás más cerca que nunca de la realidad, y a la vez nunca estuvistes más lejos. Te has dividido en dos partes que por esta vez se integran sin escisión doliente, que no dolorosa. Díselo a quien quiera oírlo. No a quién preste atención ni a quien preste oreja. Recoge todas las cosas en una maleta de flores vivas; con mucho verde, amarillo y pinceladas de rosa. Dóblalo sin que se arrugue, y pon encima y debajo jabón aromatizado. Cierra las cremalleras y mételo en el maletero. Ve a la estación (el avión nunca, no te fies de lo que no tiene contacto con algo, que ya sabes lo que te pasó la última vez) y súbete al tren que va donde te van a oir. Toma mucho café y come emparedados recién preparados y cortados en triángulos. Pero con cariño. Retócate el maquillaje que siempre dicen que no llevas cuando llegues, y bájate con tus tacones verdes nuevos, a juego con la maleta. Y no habrá nadie. Pero estará la casita baja al final de uno de los caminos. Y habra una higuera, mucho verde y una alberca. Y suelo de cerámica fresca, y una cafetera. Y una cama con una colcha blanca. Y allí te podrás sentar en el porche y escribir, escribir y escribir. Lo que nunca dices. Porque no has nacido para hablar. Ni para ir de copas. Ni para trabajar en equipo, escribir informes que nadie va a leer y ser mediadora. Porque ahí, en esa casa, no hay esfuerzo social, ni discotecas a las que ir; no hay gogos que enseñen una carne que se convierte en vacuno, ni descerebrados petaos de pesas que te digan borderías. Y quien lea, que decida lo que escucha. Pero dicho está. Díselo a quien quiera oirlo, y nunca más a quien sólo oye.