jueves, 22 de julio de 2010

Miénteme dulcemente hasta que me muera

Nos han engañado. Ellos nos dijeron que cuando fuésemos padres comeríamos huevos. Nos han hecho perder toda una vida en guarderías, colegios e institutos donde las horas aprovechadas podrían haberse reducido a la mitad, y ahora sabríamos lo mismo. Pero en algún sitio tenían que meternos la mayor parte del día. Nos dijeron sin parar que no entendíamos la complejidad de las cosas, que ya creceríamos, negando nuestra capacidad de sentir y una identidad ya definida. Como para saber ahora quién somos. Cabrones.
Nos han engañado. Nos dijeron que eso no era querer, que ya aprenderíamos con la edad, que eso era un capricho o un encoñamiento. Nos mintieron haciéndonos creer que la ideología, el pensamiento crítico y las ganas de pelear se irían con la edad. Y nos lo creímos, ninguno movemos ni un sólo dedo mientras todo se derrumba y lo terrible del hambre nos rodea cuando miramos por la otra ventanilla si se acerca un negro al coche o si el vecino no puede pagar la comunidad.
Nos dijeron que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Todavía espero sentarme delante de él para tomarme un café, porque los diablillos y querubines que veo a diario no tienen ni zorra, sólo saben de ombligos propios.
Nos mintieron negándonos el sufrimiento que sólo se destinaba a los pobres, y hemos perdido todo nuestro dinero en el camino.
Nos han engañado, y en el proceso nos hemos convertido en Ellos. Ahora engañamos nosotros a los niños. Vendemos barcos sin velas. Hacemos creer que la juventud es un divino tesoro inalcanzable a la muerte; decimos sin parar que la sabiduría está en la experiencia. Y nos hemos quedado en los dos años; sin juventud, sin experiencia y muertos de hambre y de sed. De comida, de amor y de Justicia. Ellos somos nosotros. Nos engañamos. Y nos encanta. Cabrones.