miércoles, 16 de junio de 2010

En el Huerto

Esta vez el té no está amargo. La proporción de leche y azúcar es la justa, y no ha estado demasiado tiempo en el agua caliente, por lo que el amargor no se ha fijado en los posos. Los posos... ya no hay posos. Ahora el te viene en bolsitas, y sólo deja una arenilla fina al final. Así no puedo saber lo que viene luego. Es como un café desteinado. Y sólo al tener ese pensamiento, es cuando me doy cuenta de que no me he atrevido a pedir el té. El bloqueo está ahí de nuevo, y se ha perdido la conexión entre las ideas y el aparato fonador... Lo que escucho no puede ser lo que estoy diciendo ¿no?

Alguien me pone un brazo sobre los hombros, mientras las caras de alrededor me miran con una mezcla de incomprensión, confusión y, sobre todo, incomodidad, porque sin darnos cuenta todos estamos escuchando ese engranaje que chirría porque hay que echarle de nuevo 3 en 1. Pero como el día ha sido duro no he tenido tiempo de ir a comprarlo, y ese ruido se está convirtiendo en un graznido que nos vuelve locos a todos.


Entonces cierro las compuertas, y mis ojos están viendo y mi cara sigue ahí, pero detrás de la compuerta la vida cuece otra cosa. Con los ojos que no están ahí, en ese chocar de cuerpos inconexos, veo la puerta de madera. No tiene una imagen definida, pero distingo bien los escalones de madera que me subirán hasta ella, con ese vuelco en el estómago porque la madera cruje, y las astillas te llaman para que te caigas encima de ellas. Hace calor, y la humedad es asfixiante. En cuanto alguien la abre y me da la mano para subir, la luz me inunda; me rodea incluso por detrás, y ya nada chirría, porque el aroma a árboles en flor impregna cada célula, y ya no hay engranaje porque no hay nada girando, sólo existencia. Consigo entrar sin caerme, y cono una pera verde, ácida, que consigue que me tumbe en una tierra seca pero capaz de engendrar lo que sea. Y vuelvo a cerrar los ojos, y pierdo conciencia de edad, de era, de cuerpo y de alma. Soy una anciana que no sabe esperar, porque la ausencia de temporalidad muestra la incongruencia de la secuencia. Y cuando salgo de allí, ya soy diferente, y me subo a la azotea de noche a mirar estrellas, y me quedo sentada de madrugada en el baño horas mirando por la ventana una luna que nunca para de moverse porque el principio se unió con el fin, y cuando la pera entra en tu cuerpo ya estás irremediablemente perdida para siempre, porque a partir de ahí siempre habrá que echar tres en uno para que los demás no escuchen el engranaje que consigue que esa puerta se mantenga cerrada y su luz no lo inunde todo.


Alguien me está mirando y me dice que soy tímida. Y entonces me doy cuenta de que se me olvidó la pastilla azul de Alicia que me devuelve al tamaño normal. Y la miro a los ojos, pero no me atrevo a mirar porque su puerta está entreabierta, y no sé cómo es la luz que oculta. Así que miro al fondo de la habitación, y afirmo con la cabeza mientras que el chirrío se hace más fuerte.

Hay frutas que es mejor no morder.