lunes, 24 de mayo de 2010

Relato

Siente frío. El frío de la delgadez aunque los quilos te rodeen, el frío que te cubre y que no desaparece ni los días de calor aunque la agobiante flama rodee todos y cada uno de tus huesos. El animal sigue ahí, a su lado, como siempre. Mira al semáforo, esperando que se ponga en verde para que ambos puedan cruzar; y entonces lo vuelve a hacer: mira fijamente a la niña que está justo enfrente, la que tiene ojeras y dos colas haciendo juego. La niña se mueve, inquieta, y como no ve al animal le mira a él, y entonces le llega todo, de golpe…


¿Qué es pensar? Siempre escucho esta voz en mi cabeza, uno voz que no tiene sonido, no timbre, ni siquiera volumen aunque grite… quiero recordar desde cuando la oigo, y si ya estaba ahí cuando yo era pequeña. Y cuando mi cuerpo haya crecido me preguntaré si esa es la esencia de la conciencia, si siempre he tenido esa voz, si siempre habré sabido que he estado ahí, siempre habré pensado y seré más responsable de todo lo que he hecho y he dejado pasar, porque siempre he sido grande escondiéndome en un cuerpo que cada vez me ha dejado ocultarme menos porque ha ido ensanchando, alargándose… no hay edad, sino edades.


La confusión presentida alimenta al animal, que parece más vital ahora cuando cruza la calle sin prestar atención a la niña, ahora que ya sólo queda de lo recibido una línea roja, la del dolor, esa ya no le interesa.

El día es gris, pero no de ese gris agradable en el que llueve y apetece ver cómo se cuelan las horas desde un cristal que te aísla del frío. No, es un día nuboso, que promete lo que no puede dar, lo que no puede ofrecer. No es un día agradable para ninguno de los dos, no hay nada a lo que aferrase.

El hombre joven con el que se acaba de cruzar le ha mirado directamente a los ojos, sin darse cuenta a tocado el pelo de su sempiterno acompañante y éste le ha absorbido parte de lo que hay ahí dentro; su miedo…


A no ser capaz de levantarse alguna mañana porque el cansancio sea mayor que el sentido de la obligación con el que se pelea y se engaña cada segundo de su vida, a no ser capaz de afeitarse, de vestirrse; y salir como un desarrapado al mundo hostil, de no ser capaz de hacer algo en la vida que sirva para que perdure algo de él y evitar así a un inocente hijo de puta el trago (y el traguito) de sentir la asfixia que te obliga a nacer, de no ser capaz de vivir, de no tener el valor de morir.